Guiomar Mesa: el arte y las ideas
En su libro dedicado a Los Mitos Profundos de Bolivia, Guillermo Francovich se vuelca en el estudio de los grandes temas que a su parecer son constitutivos, fundadores o indicadores de una conciencia colectiva boliviana: la Mina de Potosí, Nayjama, la sed del oro, etc.
Es probable que Guiomar Mesa, joven y talentosa artista de nuestro medio, discrepe de algunas de las visiones del prestigioso estudioso. En efecto, los mitos bolivianos que ella traduce en su obra se pueden dividir en dos categorías esenciales. En la primera colocaremos las grandes fábulas andinas o bíblicas, que a veces se mezclan en un sincretismo interesante Quesintuu y Umantuu, Tunupa, la Pachamama, Eva, San Sebastián, etc. En la segunda categoría, como es el caso de esta exposición, Hora Cívica, entrarían los mitos modernos, en el sentido barthesiano de la palabra, es decir la emergencia distanciadora y crítica de los tópicos y las manipulaciones diversas que viene segregando el discurso social, con sus prácticas y teorías. El mito tiene que comprenderse entonces ya no en el sentido de producción inconsciente del imaginario humano, sino como mistificación colectiva.
En sus Mythologies1, Roland Barthes aludía a una de las portadas del semanario Paris-Match, que mostraba a un soldado negro saludando a la bandera francesa. Ese significante, en un análisis semiótico de los mitos, remite a una mezcla intencional de francidad y militarismo, indicando implícitamente, como significado, que Francia es un gran imperio, porque sus hijos de todos los orígenes la sirven, etc. Barthes fue sin duda uno de los primeros en desmantelar la manipulación ejercida en su país por este tipo de imágenes, por la publicidad y la moral imperante (hablamos de los años cincuenta). Ahora bien, encontramos una alusión parecida, aunque en sentido inverso, en ese benemérito de la guerra del Chaco, que el pincel de Guiomar cubre con las medallas que sin duda merece. La mirada de este hombre, de una dignidad irreprochable a pesar de su ropa arrugada, es un llamamiento al espectador. A través de esta simple mirada de ser humano llevado por la historia, Mesa demuele la mitología irrisoria de las glorias nacionales y de los reconocimientos oficiales, detrás de los cuales se perfilan, escondidos en los pliegues de la banderas enemigas, las sombras de la Standard Oil Company y de la Royal Dutch Shell :
“Metidos en la guerra, paraguayos y bolivianos están obligados a odiarse en nombre de una tierra que no aman, que nadie ama: el Chaco es un desierto gris, habitado por espinas y serpientes. Ha¬bla uno de los soldados bolivianos que marcha hacia la muerte. No dice nada sobre la gloria, nada sobre la patria. Dice, resollando: -Maldita la hora en que nací hombre”2.
Es, sin duda, muy fácil denunciar la guerra en forma abstracta. El señor cura de la parroquia vecina debe hacerlo todos los domingos, y con él muchas amas de casa filantrópicas y bien pensantes. Más difícil es, sin embargo, identificar las causas y atacar a las supercherías imperantes, vigentes en todos los países. Los intereses de los trusts apatridas se disfrazan a menudo de lo nacional, y lo nacional en sí es un criterio muchas veces peligroso. Por cierto, en momentos de la Primera Guerra Mundial, cuando la juventud franco-alemana, que iba a podrirse en las trincheras de Verdún, partía con la flor en el fusil en medio de las marchas musicales, algunos pintores impresionistas dibujaban irónicamente esas fiestas tricolores, sabiendo que la farsa no terminaría con la gloria, sino con el frío, la gangrena, la amputación o la muerte.
Viva mi Patria Bolivia es una obra que se erige con una función distanciadora comparable. Se ve a dos niños en una posición rígida, listos, sin duda, para cantar el himno nacional, que cobra ritmo de cueca a través del título de la obra. Cercano a esta temática es Himno nacional, coro general, donde las muñecas cuadradas expresan toda la distancia que Guiomar toma respecto a ciertas instituciones. En la misma dimensión de una educación militarizada y esterilizante, se sitúa En la autopsia se verá, cuadro que, bien mirado, vale muchas reformas educativas. Y en cuanto a Madre Patria, que yergue el blasón de Bolivia alrededor de la Virgen de Copacabana, sellando la sempiterna conjunción de los grandes discursos dominantes, podríamos, previendo las críticas que no faltarán, atribuir a Guiomar esta respuesta que hizo un día el cantante francés Georges Brassens a un oficial que le reprochaba su falta de patriotismo : “Yo quiero a Francia, mientras que usted quiere a la Patria, lo que es diferente”. Por eso, sin duda, la visión que nos brinda Guiomar de Eduardo Abaroa, héroe de la Guerra del Pacífico, no es bélica, sangrienta, ni revanchista, sino melancólica y evocadora. Está visto con su hija, y el sueño de ilusiones de ambos, en Yo quiero un mar…, casi se parece a un poema para niños de Nicolás Guillen, que hace caminar, Por el mar de las Antillas, un barco de papel.
Más que una crítica directa, el arte de Guiomar Mesa representa, como se ve, una ética del distanciamiento, en sentido brechtiano, que indica lateralmente los resortes del artificio. En una forma algo parecida trabajaba, en los años sesenta, el grupo español Crónica: hiperrealismo fotográfico, usan¬do un recurso cercano al Pop Art, cuya función era poner de manifiesto los grandes discursos de la publicidad, del show bussines (o del autoritarismo franquista). Los recursos de Guiomar son la hipérbole incidente (por ejemplo, el exceso de medallas en el pecho del benemérito), la alusión lateral (un sobre perdido, una carta que nadie leerá), la yuxtaposición significante (la virgen de Copacabana en el blasón de Bolivia, o sobre una foto de futbolistas, etc.), o la acumulación (las cruces latinas, cuya repetición reduce el símbolo al estatuto de objeto).
Entre los otros grandes mitos o instituciones sociales que Guiomar reproduce en su obra, para mejor presentar sus facetas tópicas y alienantes, figuran la religión, el deporte, el matrimonio, el donjuanismo, etc. Valle Inclán, quien pensaba que España era una deformación grotesca de la realidad europea, había inventado, a principios de este siglo, el esperpento, que consistía en “pasear a los héroes clásicos ante los espejos deformantes del Callejón del Gato”. Guiomar no necesita de un espejo cóncavo para señalar lo absurdo de algunas realidades culturales o sociales, que por cierto no son únicamente bolivianas. Su Galán de Calca, en su completo realismo, con la novia abandonada a su virginidad ridícula, es tan elocuente como el esperpéntico Juanito Ventolera, degradación machista del mito de Don Juan en Valle-Inclán. De paso, se araña a la institución (no forzosamente a la unión) que constituye el matrimonio, en sus aspectos consagrados, donde la letra prevalece sobre el espíritu, y la mujer-paquete-de-regalo sobre la libertad individual. Tal vez el amor sea también un mito, por lo menos en la forma en que lo entendía Denis de Rougemont3.
Los futbolistas del cuadro Fútbol son los mismos que en cualquier lado del mundo: a través del deporte, muy lejos del precepto clásico de mens sana in corpore sano, o del ideal olímpico de Pierre de Coubertin, se acentúa el nacionalismo, se enriquecen los manipuladores mediáticos y otros promotores del Panem et Circences, y se adula a seres humanos que no son necesariamente los mejores que un país produce. Por cierto, el fútbol representa para muchos un ensueño de ascenso social: en este sentido también es un mito, y el ídolo futbolístico llega a ser la imagen (eidolon) con la que uno desea identificarse. Pero pocos se dan cuenta de la superchería que significa la gran empresa del deporte mass-mediático y nacionalista, en que se uniforman y militarizan los gustos en un embrutecimiento del público. Como la religión, que a pesar de la sinceridad de muchos creyentes, lleva en sí los fermentos de la intolerancia, el deporte no tiene una mera función lúdica: lleva en su seno la ideología de la lucha, de los vencedores y del ascenso, lo cual implica que haya perdedores, que la sociedad siga igual a la que es.
El arte de Guiomar dice mucho, cuando en apariencia se limita a reproducir fría y fielmente personajes y objetos: así sabía Goya criticar agriamente a la familia real a través de retratos a la vez anodinos y despiadados. Su discurso es el testimonio de una reflexión a veces pesimista, pero honda y siempre saludable sobre el medio que la rodea. Sabemos que tales temas exponen a la artista a probables y duras críticas, porque es difícil ir en contra de prejuicios anclados profundamente hasta en los más sinceros de nuestros conciudadanos. Pero Guiomar es una de las que hacen avanzar, con el arte, a las ideas, y su obra es, por eso, ya un hito insoslayable en la pintura boliviana.